Por: Oscar Jó
Qué cristiano, sin importar su tiempo en la fe, no ha leído al menos unas cuantas líneas del Apocalipsis. El último libro de la Biblia fascina no sólo porque desarrolla rasgos de ese futuro en el que Dios –por decirlo de alguna manera – es quien ríe al último, sino porque en sus páginas se revela todo tipo de actitudes espirituales escondidas en cada cosa que ocurre en la realidad, así se trate de realidad e historia ya acontecidas o por acontecer. Así, el cristiano involucrado con esta lectura obligatoria se topa, casi al comienzo y en sus primeros capítulos, con los destinatarios del mensaje: las siete iglesias del Apocalipsis.
Para algunos, estas siete congregaciones cristianas bien podrían representar siete edades en la historia de la iglesia o, incluso, siete ideotipos de ser creyente. Y si bien hipótesis como éstas no dejan de ser discutidas, lo que queda fuera de toda duda es que en Apocalipsis 2 y 3 se exhorta acerca de la actitud espiritual. Se trata de siete modos de ser iglesia en relación a Cristo.
Por otra parte, aquello que en Apocalipsis es asumido llega a ser sustentado con antelación por el apóstol Pablo: el paralelo más certero respecto al vínculo 'Cristo-iglesia' ó 'iglesia-Cristo', es la relación matrimonial. Debemos amar a nuestros cónyuges “como Cristo amó a la iglesia”, y el marido es cabeza de la mujer, como “Cristo es cabeza de la iglesia” (Ef.5:23); y volviendo a Apocalipsis, las “Bodas del Cordero” no sólo son los ceremoniales con los que la historia de toda la Biblia es cancelada sino la solemnización de ese vínculo matrimonial entre Cristo y su esposa (Ap.19:9). Así, queda claro que Apocalipsis 2 y 3 es también mensaje para siete tipos de relacionamiento conyugal.
Siete tipos de ser esposo o esposa
Si Cristo es el modelo del cónyuge virtuoso, nuestras actitudes conyugales, presentes e imperfectas, encuentran cabida en una o más de esas siete formas de 'ser cónyuge' que hallamos en las siete iglesias de Apocalipsis. En un intento por reconocer y trazar estos rasgos, podemos decir lo siguiente respecto a estas siete formas de ser marido o esposa:
a) Éfeso: el cónyuge esforzado
“Escribe al ángel de la iglesia en Éfeso: El que tiene las siete estrellas en su diestra, el que anda en medio de los siete candeleros de oro, dice esto:
Yo conozco tus obras, y tu arduo trabajo y paciencia; y que no puedes soportar a los malos, y has probado a los que se dicen ser apóstoles, y no lo son, y los has hallado mentirosos;
y has sufrido, y has tenido paciencia, y has trabajado arduamente por amor de mi nombre, y no has desmayado.
Pero tengo contra ti, que has dejado tu primer amor.
Recuerda, por tanto, de dónde has caído, y arrepiéntete, y haz las primeras obras; pues si no, vendré pronto a ti, y quitaré tu candelero de su lugar, si no te hubieres arrepentido.
Pero tienes esto, que aborreces las obras de los nicolaítas, las cuales yo también aborrezco.
El que tiene oído, oiga lo que el Espíritu dice a las iglesias. Al que venciere, le daré a comer del árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios”.
Ap.2:1-7
La iglesia de Éfeso había sido erigida con no poca dificultad. El apóstol Pablo la había fundado sobre la base de sus diálogos evangelísticos en la sinagoga de la ciudad; y a pesar que los primeros convertidos habían sido judíos ilustrados, Pablo había encargado el pastoreo de la obra a una pareja de trabajadores manuales de origen humilde: los esposos Aquila y Priscila. Estos, en medio de los cultos paganos y obscenos a Diana, la diosa de la fertilidad, habían sostenido una obra que con el tiempo fue llena de paciencia frente a la oposición, intolerancia en relación a las propuestas de una vida de pecado, y criterio espiritual y bíblico en relación a no aceptar doctrinas falsas (Ap.2:2).
Sin embargo no todo era bueno en las actitudes de los cristianos efesios: la iglesia de Éfeso había “perdido su primer amor”. Esto contrasta con las actitudes de perseverancia, constancia y fidelidad antes mencionada. Así, a uno no le queda sino preguntarse en qué consiste la pérdida de ese “primer amor” cuando las acciones parecen denotar lo contrario. La mención del “árbol de la vida” apela al recuerdo del paraíso, vale decir, a la memoria de la comunión con Dios, y aun así y todo, Éfeso ha perdido su primer amor.
La iglesia de Éfeso llenó su vida de acciones y sacrificios en relación a Cristo, el objeto de su amor. También llenó su relación de recuerdos renovadores. Si recordar es volver a vivir, la iglesia de Éfeso recordó siempre su luna de miel con Dios. Sin embargo, la iglesia de Éfeso sólo se llenó de recuerdos y se olvidó de hacer “sus primeras obras”, vale decir, aquellas cosas que en un principio hacía. Se llenó de nuevas formas de expresar su amor, pero olvidó sus acciones más básicas.
Algunos esposos o esposas son como la iglesia de Éfeso: transparentes, sinceros y sacrificados en su manera de amar, y sin embargo, llenan sus matrimonios de bellos recuerdos y olvidan sus acciones más iniciales y fundamentales. Caen en la rutina y adquieren una formalidad aburrida y desgastante. Piensan: “bueno, yo amo a mi esposa o a mi esposo, me mato trabajando por ella o para él año tras año; le doy lo mejor de mí, ¿para qué quiere entonces que le diga que la amo si eso, por supuesto, se da por entendido? ¿Por qué debo llevarla nuevamente al parque a dar un paseo nocturno tomados de la mano o volver a interesarme en los asuntos que le interesan, si ya dejé de comprarme ropa para comprársela a ella o si le cocino y tengo siempre la casa limpia? ¿O es que quiere que me comporte nuevamente como su novio o que le pida como antes que me cuente cada detalle sobre cómo le fue en el día?
Y quizás la respuesta sea: ¡sí!; ¡precisamente eso! Y no hacer esto no es cualquier equivocación, no se trata de cualquier falta: es algo por lo cual es necesario “arrepentirse” (Ap.2:5). Estamos hablando, por lo tanto, de posiblemente alguna forma de pecado. Es más, la advertencia en el sentido de que “si no te arrepientes, pronto vendré a ti y quitaré tu candelabro de su lugar” (Ap.2:5) hace alusión al hecho de ser excluido del culto como cuando uno retira un candelero con sus velas y todo.
Cuántos matrimonios impecables no se deshicieron por culpa de actitudes como las de la iglesia de Éfeso. Cuántos esposos o esposas que aparentaban tenerlo todo acabaron por entablase demandas de divorcio sólo porque se “acostumbraron” a amar sin rebuscar esas primeras acciones de amor que saben mantener vivo y en su lugar el fuego del amor. Tal como es posible sacar de su lugar y del templo el candelero que mal alumbra excluyéndolo de la presencia de Dios, la posibilidad de ser separados de la relación con quien más amamos en este mundo es una peligro aquí advertido. La primera llamada de alerta matrimonial a la iglesia de Éfeso es para cada hombre y mujer casados, sin importar los años; y esa advertencia apunta a lo siguiente: el amor no sólo se da por sentado, hay que expresarlo en términos de los gustos pero sobre todo de las necesidades del otro; y ello implicará, siempre, a buscar en el baúl de la memoria aquellas acciones y actitudes que eran capaces de conmover y alimentar un vínculo indestructible. Se tratará, pues, de no “abandonar el primer amor” y de volver a hacer “las primeras obras”.
CONTINUARÁ...